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El cultivo de palma que le cambió la cara a Mapiripán

 

Las cicatrices de la guerra y de la bonanza cocalera no se han podido borrar de muchos de los habitantes de Mapiripán (Meta).

Quedaron estigmatizados por los actores armados y de un día para otro, tras las fumigaciones con glifosato, la plata fácil de la coca desapreció y el pueblo desnudó su abandono.

Pero ahora, de la mano de la compañía italiana Poligrow, que tiene 6.774 hectáreas sembradas con palma de aceite, Mapiripán se muestra como una población que está avanzando hacia el posconflicto con una economía legal.

Hoy Poligrow es el alma del pueblo, es la única opción que tienen. No hay otra alternativa, pues la coca, que era lo único que les quedaba, se acabó hace más de 10 años.

Tras la masacre paramilitar de 1997 esperaban que la ayuda estatal fuera desbordada, pero la poca que ha llegado lo ha hecho con cuentagotas.

Lo único que vino para este municipio fue una bonanza cocalera sin precedentes. Se convirtió en un monocultivo. Todos los productos, hasta el plátano y la yuca, les llegaban desde Villavicencio o San José del Guaviare.

Pero a mediados del 2000 llegaron las fumigaciones y la gente de Mapiripán se quedó sin nada. Incluso las cerca de 400 trabajadoras sexuales que habitaban el pueblo –y que cobraban en dólares– se fueron. Solo quedó el hambre y el guayabo por la plata malgastada.

En ese momento parecía un municipio inviable. La luz eléctrica solo llegaba unas pocas horas al día, cuando había; la comida escaseaba, sus habitantes estaban prácticamente aislados por carretera y la mayoría de los negocios existentes desaparecieron.

No obstante, a mediados del 2008 llegó Poligrow, una firma italiana que quería sembrar palma de aceite en la altillanura, un suelo que en principio no parecía apto para este cultivo. Aunque al comienzo hubo escepticismo sobre el arribo de la compañía, ahora la mayoría de mapiripenses considera que desde el ingreso de la empresa hubo un punto de inflexión para esta localidad.

Hoy se puede decir que Poligrow genera el 80 por ciento de los empleos en el pueblo, pues en promedio utiliza a más de 400 trabajadores mensuales.

“Aquí, la única alternativa que había antes para quien terminaba el bachillerato era meterse a raspachín”, cuenta Yésica Ávila, una joven de 23 años que tiene tres hijos y que desde hace más de un año trabaja en el área de sanidad de los cultivos de palma.

Ómar Mahecha, también trabajador de la plantación, recuerda que con su producción de coca ganaba cerca de 3 millones de pesos cada 45 días, plata que se le iba en trago, casi toda.

“Gracias a Dios con las fumigaciones se acabó la coca y con ella la guerra entre guerrilla y ‘paras’, y también la sinvergüencería, y además llegó Poligrow, que se convirtió en nuestra salvación”, dijo.

“Hoy es la única empresa que genera empleo en el municipio”, dijo el alcalde Alexánder Mejía Buitrago.

Pero la palmicultura no se ha quedado solo en generar empleo rural, sino que se ha convertido en un soporte clave para los cerca de 14.000 habitantes de la localidad (unos 11.500 en la zona rural).

Desde el 2011, Poligrow ganó una licitación para el suministro de energía eléctrica para la localidad. Ahora, los mapiripenses del casco urbano gozan de 24 horas de energía y el valor de soporte es el mismo por kilovatio que se paga en Villavicencio. “Esto lo podemos hacer porque logramos reducir costos y porque el Gobierno nos ayuda con un subsidio”, contó Ricardo Jara, gerente de Electromapiri, quien agregó que cuando comenzaron solo había 370 usuarios y ya tienen 550, con un recaudo superior al 90 por ciento.

Tener luz las 24 horas ha sido uno de los cambios más significativos para este pueblo. Antes, para comerse un helado tenían que hacer un recorrido en carro de más de 10 horas hasta el municipio de Granada, en el Meta.

Pero la palmicultora también está ayudando con 350 microcréditos a algunos de sus trabajadores, y la empresa tiene un acuerdo con el Sena, que asiste al pueblo a dictar cursos.

Igualmente, a los mejores estudiantes de bachillerato los patrocina para que viajen a estudiar con el Sena en cualquier lugar del país.

Los apoya con medio salario mínimo mensual y pasajes aéreos para que visiten a su padres. Incluso tienen becada a una joven que estudia Agronomía en una universidad de Costa Rica. De la misma manera, la compañía apoya un programa de huertas caseras, gracias al cual se ha logrado reactivar un mercado campesino los fines de semana con frutas y verduras frescas.

Ahora, los días de pago el comercio se mueve. Las cantinas y billares vuelven a ‘moler’ reguetón y el mercado que llega por río desde San José del Guaviare (un recorrido promedio de 12 horas) desaparece rápidamente de las tiendas.

“Nosotros también tenemos apoyo especial para las comunidades indígenas, ayudamos con arreglo de vías, traslado de enfermos en avioneta hasta Villavicencio, campañas ambientales e incluso con donaciones de combustible”, dijo Sandra González, de la Fundación Poligrow. “Aquí ya nadie daba un peso por esto. Por ejemplo, cuando Poligrow compró la tierra, la hectárea pasó de 150.000 a 500.000 pesos. Esto nos ha cambiado la mentalidad porque ellos están haciendo lo que ni la Alcaldía, la Gobernación o el Gobierno han hecho por nosotros”, admitió Héctor Fredy Patiño, jefe de la Defensa Civil en el municipio.

En el tema ambiental también la plantación ha tomado una serie de medidas a fin de evitar cualquier tipo de contaminación y, además, para preservar las especies nativas.

Hoy, por los cultivos de palma, es frecuente encontrar venados, aves de rapiña, zorros, dantas, y hasta un puma han visto los trabajadores.

El Alcalde insiste en que la multinacional le ha tendido la mano al municipio y prueba de ello es que en los últimos cinco años el comercio local ha crecido en un 70 por ciento.

“Todavía tenemos muchas necesidades, como la llegada de internet a las casas y la pavimentación de la vía (140 kilómetros), pero no cabe duda de que se han dado cambios para mejorar”, dijo Mónica Espinosa, de la Mesa de Víctimas.

Para Carlos Vigna, director general de Poligrow, este es un proyecto de largo plazo, de más de 30 años, con el que se están generando valores y una cultura de la legalidad. “En este momento que se está hablando de diálogos de paz, Colombia puede tener un ejemplo de posconflicto ya en curso”, dijo.

Destacó que hace 8 años, cuando llegaron a Mapiripán, la gente solo le hablaba de los problemas “y ahora son propuestas de trabajo e ideas para hacer nuevos negocios. Eso muestra un cambio en la mentalidad y que ya no se piensa tanto en la violencia, sino en la construcción de país”.

‘Era horrible oír cómo los perros aullaban’

Durante seis noches seguidas los perros aullaron como si el diablo hubiera llegado al pueblo, y el viento que sonaba en las tejas de zinc solo parecía advertir que la muerte los estaba acosando.

Muchos habitantes de Mapiripán aún recuerdan sobre lo que ocurrió entre el 14 y el 20 de julio de 1997.

“Eso comenzó en la noche de un lunes. Los paramilitares (movilizados en avión desde Urabá) llegaron por el río, pero nadie se dio cuenta sino hasta en la mañana del martes”, contó Arbey Ríos, quien todavía mantiene el mismo hotel que sirvió como refugio de muchos habitantes del poblado.

“A las 7 de la mañana dieron la orden de no abrir Telecom y muchos supimos que esto se iba a poner feo”, contó Ríos.

Según él, al hotel llamaron de la base militar de San José del Guaviare y él les pasó al juez Leonardo Cortés. “El juez le rogó a ese militar que enviará tropa, que nos iban a matar a todos. Mire, ese señor casi lloró pidiendo ayuda”, dijo Ríos.

Con esa promesa de que el Ejército llegaría, la gente se calmó un poco. Pero luego se supo que tenían a una persona amarrada en el parque, que prohibieron prender la planta eléctrica y que nadie podría estar en las calles después de las 6 de la tarde.

En la noche del martes mataron a las primeras tres personas. En el hotel no escucharon las súplicas de las víctimas por su vida.

“Las noches eran horribles. Como no había luz y todo el mundo estaba encerrado, lo único que se oía era a los perros aullando por todo el pueblo como con un lamento del más allá”, contó Sandra, quien entonces tenía 18 años y se refugiaba en el hotel con su mamá y dos hermanos menores.

“Así fue hasta el sábado cuando los ‘paras’ se llevaron a Sinaí Blanco, a Ronald Valencia y a un señor de una vereda. Esa noche los mataron”, contó el dueño del hotel. Dicen que en total fueron seis los asesinados en el pueblo.

El domingo, los ‘paras’ no amanecieron. Se fueron para la vereda La Cooperativa, donde mataron a más de 10 personas.

Antes del mediodía llegó un carro de la Cruz Roja Internacional. Y el lunes, ocho días después de la llegada de las Auc, hubo varios vuelos humanitarios, todo el mundo quería huir del pueblo.

La masacre de 1997

Entre el 14 y el 20 de julio de 1997, el municipio de Mapiripán (Meta) vivió sus días más trágicos.

Grupos paramilitares irrumpieron en la población y asesinaron allí de manera cruel, según sus habitantes, a seis personas. Luego, en la vereda La Cooperativa, dicen los mapiripenses, mataron a más de diez personas. Cuentan los lugareños que durante esos días muchos de ellos se refugiaron en un hotel en el que se reunían al final del día. De poco sirvieron los ruegos del juez Leonardo Cortés para que enviaran ayuda del batallón de San José del Guaviare, desde el cual le aseguraron que esta arribaría de inmediato. Las tropas llegaron diez días después de los ‘paras’.

Cifras de la plantación

De acuerdo con el ingeniero Nilson Rufino Torres, director de la plantación, en las 6.774 hectáreas que están cultivadas hay sembradas 18 variedades de palmas de 8 tipos de suelos.

Según él, para este año se espera una producción de 52 toneladas de la fruta, con la cual esperan generar unas 11.000 toneladas de aceite y exportar el 75 por ciento del mismo.

El aceite que se procesa en la planta, ubicada en la finca Macondo, es llevado en tractomula hasta Barranquilla. El viaje hasta la vía pavimentada (Granada-Villavicencio) dura más de 12 horas, y en invierno, esos camiones deben ser ayudados por un tractor.

Torres dijo que el aceite que se produce es orgánico y que se trabaja en un circuito cerrado en el que no se arrojan desechos ni hay piscinas para sobras que puedan contaminar.

Agregó que han sembrado unas 180 hectáreas con árboles y hay 600 hectáreas de bosques conservados.

 
Artículo tomado de ElTiempo.com,  
Jorge Enroque Meléndez P.
Enviado Especial de EL TIEMPO
Mapiripán (Meta).

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